Se me agolpaban las sonrisas, los pensamientos y las ganas -esas ganas feroces- en las desgastadas yemas de mis dedos, preparadas para saltar cual corriente eléctrica nada más tocarte. Y es que me ahogaban las sábanas, me quemaba el aire, me sobraba la piel. Se empañaban los cristales, se agitaban las cortinas y la brisa entraba por la puerta para marcharse de puntillas, sin molestar, sin apenas rozarnos, sin querer mirarnos. Muriendo de envidia.
Ahora, cuando recuerdo y miro desde lo que entonces parecía un futuro lejano, soy yo la que muere de envidia. Envidia de mí misma, allí, en aquel momento, fíjate que caprichosa me he vuelto. Envidia de aquellas sábanas que me ahogaban, que son ahora las que te mecen. Envidia del aire que me quemaba, ese aire que te envuelve, que te recorre sin que tú lo sepas cuando le apetece.
Y, aunque la envidia insana me consume, no quiero ser ninguno de ellos. No quiero estar ahí y que no lo sepas. No quiero ser mero complemento circunstancial. Ni quiero ser pasajera, ni quiero ser sin ti.
Supongo que lo que yo quiero es ser una de esas mitades utópicas, una de esas que se ahogan bajo la poesía inesperada, enredada en un océano mullido de algodón, a merced de las corrientes del alma, navegando sin rumbo ni puerto; disfrutando de la tempestad.